En la cultura Celta, una leyenda cuenta que un anciano, Ogmios, incitaba algunos hombres a seguirlo atandolos las orejas a una cadena de ámbar. Los hombres no preferían romper esta relación frágil pero símbolica para seguir su guía espiritual hacía la sabiduría. Con los Romanos, el ámbar (bajo varias formas) tenía varios sentidos, pero el perfume producido por la combustión del ámbar era reservado al Templo Jupiter para manifestar la elevación de un néctar reservado al primero de los Dioses.
Más informaciones sobre esta piedra